Y por fin Moscú.

Son las 7:27h. del jueves 26 de julio de 2012. Sobre el andén de la estación de tren Elda-Petrer me dispongo a dar comienzo a mi aventura transsiberiana. No obstante, antes de pisar suelo moscovita, tendré que pasar tres horas en el tren Alvia hasta Madrid, destino estación Puerta de Atocha; veinticinco minutos aproximadamente en el tren de Cercanías C1, que conecta directamente Atocha con la T4 del aeropuerto de Barajas; unas tres horas y media de espera en el aeropuerto; y, finalmente, cinco horas a bordo de un avión de Siberian Airlines que aterrizará en el aeropuerto Domodedovo de la capital rusa.

Afortunadamente, todo va según lo previsto y a las 21:35h. (hora local; dos horas menos en España en el horario de verano) el avión donde viajo aterriza en el aeropuerto moscovita. Pese a las más de doce horas transcurridas desde que salí de casa, el tiempo ha pasado con cierta rapidez. Cierto es que he completado cada espacio de tiempo. De camino al aeropuerto y una vez allí, aprovechando los minutos para hacer llamadas de despedida y, de paso, dar buena cuenta de parte de los trescientos minutos mensuales de la Tarifa Plana contratada con Movistar y que este mes, debido a este viaje, no agotaré. Por los interminables pasillos de la T4, una vez realizada la pertinente facturación de equipaje y comprobado que mi báscula de mano no me ha traicionado (tal y como pesé en casa, la mochila de espalda alcanza los casi diecisiete kg. y la maleta de mano supera los ocho kg. con lo que a la hora de embarcar tendré que sacar el ordenador portátil ya que la cantidad permitida es de siete kg.), buscando mi puerta de embarque (R4) a la vez que trato de localizar una tienda donde comprar el encargo de mi amiga Anna –crema de orujo-. Y ya en el avión, además de saborear la comida servida cuyo plato principal es raviolli con pollo (tanto tiempo viajando como compañías low-cost había olvidado lo que son estas deferencias en forma de comida de las compañías aéreas), intercalando momentos abandonado en manos de Morfeo con extrañas conversaciones con mis compañeros de fila: una rusa de la que, pese a sus doce años viviendo en Roquetas de Mar (Almería), no se puede decir que su español sea demasiado bueno y que, para colmo, tiene miedo a volar y, cada vez que el avión se mueve ligeramente, empieza a gritar “ay mama”; y un chico ruso con pintas góticas pero tremendamente simpático y atento que se esfuerza por hablar en inglés y español.

Cuando aterrizo la noche ya ha caído sobre Domodenovo, uno de los tres aeropuertos de Moscú. Mi máxima preocupación, además de seguir al pie de la letra las instrucciones dadas por mi amiga Anna para llegar a la estación de tren Paveletsky, punto acordado para nuestro encuentro, es recibir un papel de manos de las autoridades aeroportuarias que el hostal tendrá que sellar y que me pedirán al salir del país. Recibo un papel en el control de pasaporte pero, ante la duda, me acerco a información para preguntar, donde me confirman que, efectivamente, es lo que necesito. Espero que estén en lo cierto.

Una tarjeta de crédito VISA es lo que necesito para adquirir, por el módico precio de trescientos veinte rublos, el billete que me da acceso al aeroexpress. Cuarenta y cinco minutos de viaje y un rato de lectura no demasiado concentrado (“El primer día” por cortesía de mi amiga “Saritísima”) y estoy en la estación de tren Paveletsky. Las indicaciones del aeroexpress en el aeropuerto, afortunadamente, están en inglés porque, desgraciadamente, todavía no he aprendido (ni creo que lo consiga por mucho empeño que le ponga) a leer cirílico.

Cinco minutos después de mi llegada a la estación, Anna llega para recogerme y, de inmediato,                                      nos adentramos en el subsuelo de Moscú, un lugar histórico y en el que por cada costado se respira dicho ambiente. Sin tiempo todavía para detenerme en los detalles, percibo, sin embargo, que voy a descubrir en cada estación de metro casi una obra artística. De todos modos, esto está todavía por llegar. Mañana (mejor dicho, hoy, porque nos acostamos en torno a la 1 de la madrugada), será un nuevo día con muchas cosas nuevas que relatar.

Post escrito en plenas clases de salsa de Anna.

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