De Rusia a China, pasando por Mongolia. Primer capítulo: la experiencia aegeera.

Desde el día 26 de julio que comencé mi particular Sueño Transiberiano en la estación de tren de Elda-Petrer hasta el día 21 de agosto que retorné al mismo punto de partida, fueron incontables los Kilómetros recorridos, muchos los lugares visitados, numerosas las personas conocidas e innumerables las experiencias y sensaciones vividas y acumuladas.

Cogido de la mano, primero de mi amiga Anna y después de los organizadores de AEGEE Moscú (Natalia, Rita, Ksenia2, Margarita, Risha, Sergey, Liza, Kate, Ruslan, Anya, Yana, Stas, Katya, Ira, Artem y Olga), comencé mi andadura por la antigua Unión Soviética, estancia que se prolongaría hasta el día 12 de agosto, cuando abandonamos territorio exsoviético de camino a Mongolia cruzando la frontera por el puesto fronterizo de Altanbulag. Desde luego, esta particularidad (hacer un viaje de esta índole contando con organizadores nativos) convirtió el viaje en una experiencia, además de especial, ciertamente mucho más sencilla. Y, ni que decir tiene, esta “sencillez” posee sus pros y sus contras. Las horas ahorradas, por ejemplo, en la obtención de los billetes de tren se erigen sin duda como una ventaja. Varios son los blogs de aventureros que he leído en los que sus protagonistas narran con todo lujo de detalles la necesidad de lidiar con la pasividad de las taquilleras rusas, hasta el punto de, algunas de ellas, cerrarles las persianas de la taquilla en su propia cara evitando complicaciones. Pero, al mismo tiempo, el privilegio de que a uno le den todo precocinado conlleva una contrapartida: renunciar a la emoción y al cosquilleo que despierta la incertidumbre de la aventura –si bien no del todo, porque el Transiberiano, se viva como se viva, no deja de ser una aventura en toda regla-.

Y, tras los dos primeros días al amparo de mi amiga Anna,  allí estábamos nosotros, los treinta participantes (Adrián, Alberto, Alessandro, Alexandre, Ana, Aristea, Bostjan, Claudio, Vangelis, Franz, Hanat, Iliyan, Inese, Ismael, Ximo, Madhur, Maria, Marie, Mark, Maurizio, Michal, Milica, Neila, Sara, Sarah, Scott, Sergio, Zeltia, Zuzana y un servidor), dispuestos a dejarnos seducir por la capital moscovita, por su grandiosa monumentalidad diurna y por su “desenfreno” nocturno. ¡Y vaya si lo hicimos!, como describiré detalladamente, omitiendo detalles escabrosos, en un post con monotemática “Moscú”.

Seis días después de haber pisado suelo moscovita (1 de agosto), llegó el momento de coger nuestro primer tren (desde la estación de Komsomólskaya), el que, tras una calurosa y sudorienta noche de viaje y ochocientos veinte km. de recorrido, nos dejaría, en torno a las 10 de la mañana, en la estación de tren de Kazán, capital de Tartaria (2 de agosto). Supuestamente esta ciudad no se encuentra dentro de la red ferroviaria del Transsiberiano, pero, después de visitarla, debo reconocer que su mezquita de Qul Sharif, la mayor de Europa, y su Kremlin, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2000 por la UNESCO, son motivos más que suficientes para desviarse de la ruta transiberiana y hacer una parada en esta ciudad atravesada por el río Volga, el más largo de Europa, que acogió y refrescó nuestros sudorosos cuerpos.

Desde Kazán, y tras otra noche de tren, esta vez sin camas pero contentos, los raíles desembocaron en Ekaterimburgo (3 de agosto y 2 horas más que en Moscú), lugar que fue testigo del asesinato del último zar, Nicolás II, y su familia, hecho que cerró la etapa zarista y dio paso a la Era Soviética. Llegados hasta aquí, estábamos a un paso –literalmente- de Asia, ya que hay un punto a diecisiete kilómetros de Ekaterimburgo en el que un monumento que fusiona las letras “A” (Asia) y “E” (Europa) indica dicho punto neurálgico y una línea divisoria te permite tener un pie en cada continente. Afortunadamente, la línea no es demasiado ancha.

Tras una noche de confort (cama, aseo limpio y ducha) en esta ciudad del Distrito Federal de Los Urales y tras conocer algunos de sus atractivos guiados por estudiantes de BEST, Asociación patner  de AEGEE, llegó el momento de vivir la verdadera experiencia transiberiana (4 de agosto). Era tiempo de afrontar cincuenta y cinco horas aproximadamente de tren o, lo que es lo mismo, dos días y tres noches.

Cincuenta y cinco horas son tiempo suficiente para dormir; leer; contemplar el paisaje desde la ventana de mi vagón; escuchar música; escribir las notas justas y necesarias para dar vida a este relato; enfrascarse en juegos con y sin “agüita” (pues así se conoce al vodka) de por medio; degustar o, por lo menos, ingerir la comida por excelencia del tren, los noodles; despertarse con la cara de la “provodnitsa” a menos de medio metro de tu cara, cuando tú estás durmiendo plácidamente y ella limpia el suelo de tu compartimento con una escoba casi de tiempos medievales; visitar el baño sin urgencia o, por la urgencia de un apretón, visitar el baño; dejar atrás ciudades destacadas de Rusia como Omsk, Novosibirsk o Krasnoyarsk; estirar las piernas en una de las múltiples paradas realizadas, que van desde los cinco a los cuarenta minutos de duración; etc.

Y, entre tanta actividad, casi sin darte cuenta –y puedo asegurar que el viaje, pese a duración, transcurre con notable celeridad y en ningún caso se hace pesado-, en la mañana del 7 de agosto, con cinco horas de diferencia con respecto al horario de Moscú, llegamos a Irkutsk, ciudad más grande de Siberia con sus cerca de seiscientos mil habitantes. Este trampolín al Lago Baikal nos recibe con una mañana fría y lluviosa que nos recuerda que estamos en plena Siberia. En contraste, la calidez de las sonrisas de los organizadores de AEGEE Irkutsk (Stas, Anna, etc.), que ofrecen sus casas particulares como alojamiento para algunos de nosotros. Entre las moradas aegeeras y dos hostels (en mi caso el Hostel 490, muy acogedor, sobre todo después de cincuenta y cinco horas de tren, aunque con el agua de la ducha helada, casi tanto como las gélidas aguas del Lago Baikal que también íbamos a tener oportunidad de experimentar), la expedición al completo quedó a buen recaudo.

Otra noche de comodidad en Irkutsk y, con el nacimiento de un nuevo día (8 de agosto), afrontamos nuestro trayecto de cerca de siete horas hasta el Lago Baikal. Dos autobuses son los encargados de depositarnos a orillas del conocido como el “Ojo Azul de Siberia”  o la “Perla de Asia”. Un trayecto que, entre bache y bache y salpicado de vendedores ambulantes a pie de carreteras y caminos ofreciendo los frutos de la naturaleza, aderezamos con un nutrido repertorio de canciones typical Spanish.

Sólo una fina tela me priva de contemplar una maravilla de la naturaleza, el lago más profundo del mundo que alberga un tercio del agua dulce del Planeta. Y, de hecho, si deslizo las cremalleras a izquierda y derecha, ya no hay nada que se interponga en mi camino, la inmensidad del Lago Baikal se descubre ante mí a no más de 5 pasos contados. Esa fue la increíble sensación experimentada durante cada uno de los cuatro días y tres noches que pasamos pegados al lago en tiendas de campaña. Una absoluta sensación de paz y relax acrecentada por el rumor de las aguas al golpear la orilla; el embelesador crepitar de la hoguera, punto estratégico de encuentro y reunión en las gélidas y oscuras noches siberianas; la claridad y majestuosidad de un cielo cautivador sólo rota por la irrupción de alguna linterna entrometida,… Incluso, las limitadas condiciones higiénicas, la pobre comida preparada por los organizadores, la molesta piedra debajo de mi colchoneta o el baño revitalizante en las frías aguas del lago no restaron ni un ápice de magia y la descrita sensación de paz a la experiencia.

Un pensamiento en “De Rusia a China, pasando por Mongolia. Primer capítulo: la experiencia aegeera.

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