De Rusia a China, pasando por Mongolia. Segundo capítulo: la verdadera aventura.

Pero, claro, aunque quisiéramos, no podíamos quedarnos a vivir en el Lago Baikal; la aventura tenía que continuar. En realidad, la verdadera aventura comenzaba ahora. Desde este preciso momento, aunque un total de veinte expedicionarios (entre participantes y organizadores) habíamos decidido compartir travesía hasta Ulán Bator, ahora cada cual era responsable exclusivo de sus propias decisiones viajeras y las mías, asociadas a las de Ana, Ismael y Ximo – porque antes del viaje habíamos acordado volver juntos desde China el día 21 de agosto- iban a ser tomadas in situ.

La aventura no empezaba mal. Anna, una de las organizadoras de AEGEE Irkutsk, no titubeó ni un instante al ofrecernos su casa para ducharnos, descansar, comer, conectarnos a Internet, incluso, vivir una fiesta improvisada. Por el espacio de tiempo desde que el bus procedente del Lago Baikal nos dejó en Irkutsk hasta la partida de nuestro tren hacia Ulan Ude, su casa se convirtió en nuestra casa. La casa de trece personas tremendamente agradecidas que no dudamos en cambiar el nombre a Anna pasando a llamarla “el Ángel de Irkutsk”.

Desde luego, la comodidad y atenciones que habíamos encontrado en casa del Ángel de Irkutsk no aparecieron por ninguna parte en el tren Irkutsk-Ulan Ude. Para mí fue el peor tren de todos por los que habíamos pasado. Ocho personas hacinadas en un compartimento para seis (por una cuestión de overbooking), teniendo al calor como invitado, y sin espacio para extender ni siquiera las piernas, hizo que la noche fuese muy larga y al sueño le costase hacer acto de presencia. Para colmo, mi estómago no atravesaba por su mejor momento. Menos mal que se comportó y me respetó, porque, en caso contrario, no sé cómo hubiesen sido las casi veinticuatro horas que nos demoramos en llegar desde Irkutsk a Ulán Bator, capital de Mongolia (12 de agosto).

En esas veinticuatro horas, además del tren descrito, cambiamos hasta 4 veces de vehículo. Un minibús para ir de Ulan-Ude hasta el puesto fronterizo de Altanbulag; otro para cruzar la frontera, ya que, en contra de los que algunos habían leído y teníamos intención, no pudimos cruzarla a pie; 2 furgonetas que, supuestamente, nos iban a llevar directamente hasta Ulán Bator, pero que se quedaron a medio camino, dejándonos en manos del último vehículo, un autobús de línea bastante antiguo que fue el que finalmente, en torno a las once de la noche, alcanzaba la capital mongola.

Por fortuna, entre los veinte expedicionarios que continuábamos viaje hasta Mongolia se encontraba Maurizio, un chico italiano que trabaja para Vodafone en Milán y que, como detalle de su empresa, dispone de llamadas ilimitadas gratuitas. Esta deferencia de su empresa para con él permitió que, durante el trayecto, se dedicase, con la guía Lonely Planet en mano, a llamar a todos los alojamientos posibles en Ulán Bator hasta dar con uno que, efectivamente, podía alojar a 20 personas, el Lotus Guest House. Como elemento añadido de fortuna, en el último bus, algunos de mis compañeros conocieron a una chica mongola que, además de ser muy guapa (de las pocas mongolas que vi que me parecieron guapas), se convirtió en el segundo ángel de nuestra recién estrenada aventura. Cuando llegamos a Ulán Bator, en un ambiente nocturno de cierta inseguridad, no se separó de nosotros hasta que nos dejó sano y salvos, aunque agotados, en el apartamento alquilado.

Nuestra estancia en la capital mongola fue fugaz. Aparte de que en la “Expedición China” (integrada, como ya mencionaba, por Ana, Ismael, Ximo y un servidor) no contábamos con tiempo para más, todas las recomendaciones leídas y escuchadas previamente habían sido del palo “trata de estar el menor tiempo posible en Ulán Bator; aparte de polvo, obras, tráfico caótico, arquitectura gris e inseguridad nocturna, no encontrarás mucho más”. Así pues, pasamos un único día (13 de agosto), que empleamos en conocer los pocos atractivos de la ciudad, concretar nuestro viaje a y en China y, sobre todo, en cerrar nuestro tour de tres días y dos noches por la verdadera Mongolia, la Mongolia de naturaleza y vida nómada, que íbamos a conocer de manos de la agencia Golden Gobi.

Esta Mongolia que descubrimos a partir del día 14 de agosto cambió mucho nuestra percepción hasta el punto de, una vez finalizado el tour, quedarnos con ganas de más. Pese a que seguíamos advirtiendo detalles de un país en vías de desarrollo –como, por ejemplo, el cuestionable estado de las carreteras, minadas de socavones-, inmiscuirse en el estilo de vida nómada a través de los gers o yurtas (tiendas de campaña nómadas); compartir momentos mágicos con familias nómadas; adentrarse en el pasado histórico mongol en KharKhorin, antigua capital del Imperio Mongol; entrar en contacto con la religión budista en el Monasterio Erdene Zuu, sito en Kharkhorin; o pasar, como por arte de magia, del perfil plano de la característica estepa mongola a la panorámica elevada de las dunas del Semi-Gobi fueron algunas de las razones que consiguieron atrapar nuestro espíritu y eclipsar nuestra mirada occidentalizada. Todavía hoy, después de más de un mes y medio desde mi retorno, la sonrisa ingenua y sincera de “Ermongo”, la nieta de la primera familia nómada con la que estuvimos, se me descubre como un síntoma claro de felicidad y esperanza.

Y de Mongolia, era el momento de dar el salto al último país de nuestro Sueño Transiberiano (16 de agosto). China no nos recibió a bordo de un tren, sino que nos dio la bienvenida en su Aeropuerto Internacional de Pekín. Quizá con más días de aventura por delante hubiésemos continuado viajando hasta China en tren (treinta horas de viaje desde Ulán Bator hasta Pekín); sin embargo, aunque no hubiésemos estado limitados de tiempo, tampoco hubiésemos podido viajar en tren porque todos los billetes de tren para ese día y los dos sucesivos estaban vendidos. Así pues, no nos quedó otro remedio que viajar “como señores”, en avión. Dos horas y media a bordo de un avión de la compañía nacional MIAT y estábamos en Pekín, la capital del país más poblado del mundo con más de mil trescientos millones de habitantes. Teníamos 4 días por delante para no perdernos ni un rincón de Pekín y, además, salir de la ciudad para visitar alguno de los tramos de la Muralla China, una de las Siete Maravilla del Mundo Moderno.

La Plaza de Tiananmen, la Ciudad Prohibida, varios hutongs (barrios tradicionales chinos), la Calle de los Fantasmas, el Palacio de Verano, la Torre de la Campana, la Torre del Tambor, el Mercado nocturno de Wangfujing (donde se encuentran suculentos “manjares”), la Ciudad Olímpica, el Templo del Lama, el Parque y el Templo del Cielo, el Mercado de la Perla y el Mercado de la Seda. Todos estos lugares y alguno más visitamos durante nuestros tres días (17, 18 y 20 de agosto) en Pekín. Desde luego, y pese al agotamiento producido por el calor tremendamente húmedo reinante en el ambiente, supimos exprimir nuestro tiempo chino. Lo que quizá no conseguí exprimir al máximo fue la calidad fotográfica, pero desde luego la calima del cielo de Pekín, presente durante los tres días de nuestra estancia, fue un factor determinante en mi contra.

Afortunadamente, el día de nuestra visita a la Muralla China en su tramo de Jinshanling (19 de agosto), la calima de Pekín cedió ante un cielo claro y soleado que nos concedió el privilegio de contemplar la magnitud de esta obra faraónica en todo su esplendor. Un día que comenzó de manera imprevista y que, sin embargo, acabó de manera “redonda”, como ya contaré en el post dedicado exclusivamente a nuestra visita a la Gran Muralla China.

De Rusia a China, pasando por Mongolia, una aventura de veinte siete días en la que agudice todos mis sentidos pero, sobre todo, abrí de par en par mi baluarte más preciado, mi espíritu, dispuesto a empaparse de sensaciones, emociones y sentimientos irrepetibles y que iré desgranando post tras post en www.mytranssiberiandream.wordpress.com.

2 pensamientos en “De Rusia a China, pasando por Mongolia. Segundo capítulo: la verdadera aventura.

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