Moscú diurno, una ciudad de reminiscencias soviéticas.

Justo después de volver de mi Sueño Transiberiano tenía que continuar con la lectura de un libro de casi mil doscientas páginas –Postguerra de Tony Judt– para examinarme en una prueba oral de la asignatura de Periodismo “Teoría e Historia del Periodismo”. Apenas llevaba leídas por entonces unas doscientas cincuenta y, desde luego, después de haber vivido veintisiete días de aventura, la empresa no era fácil y mucho menos inspiradora. Sin embargo, movido por mi excesivo sentido de la responsabilidad, tras cinco días de recuperación, finalmente me enfrente al monstruo. Y debo confesar que fue la sorpresa de encontrar, descubrir y entender en sus páginas la historia de Rusia, mi más reciente historia viajera, la que me fue deslizando por sus líneas casi al mismo ritmo rápido y constante con el que el tren me había adentrado en la taiga siberiana.

Un pasado soviético, perfectamente dibujado por Tony Judt, que por toda Rusia, pero sobre todo en Moscú, es presente, cuestión por otra parte lógica teniendo en cuenta que apenas han pasado veinte años desde la caída de la antigua URSS en tiempos de Gorbachov, personaje público de quien seguro que no recordamos su faz pero sí su distintiva mancha en la cabeza.

Y, precisamente, las notorias reminiscencias soviéticas son las que, a mi parecer, otorgan algo de coherencia a una macro urbe -la más poblada del Continente europeo- que muchas veces no hace más que mostrarse plagada de incoherencias.

Desde luego, resulta notablemente incoherente contemplar la grandiosidad de todo el legado soviético moscovita pensando en las penurias que la población rusa tuvo que soportar en tiempos del régimen comunista. Sin embargo, no es mi objetivo en este post abordar cuestiones políticas, sino viajeras, aunque tampoco voy a poner cortapisas a mi libertad expresiva.

Así pues, tras seis días recorriendo Moscú de Norte a Sur y de Este a Oeste, me di cuenta de que Moscú es una ciudad que respira grandiosidad por cada costado. El sólo hecho de desplazarte por la ciudad –con más de dieciséis millones de habitantes- te revela una urbe de enormes magnitudes. No es de extrañar que tenga uno de los sistemas de metro más profundos del mundo con hasta ciento ochenta y cinco estaciones por las que diariamente pueden llegar a pasar hasta casi siete millones de pasajeros.

Un sistema de metro, legado soviético, que es conocido como el “Palacio Subterráneo”, ya que, en la mayoría de estaciones, mires donde mires, te encuentras con una escultura, una pintura, un relieve, un artesonado… más propios de una galería de arte que de una estación de metro. Resulta curioso caminar por sus pasillos, contagiándose del ritmo ligero de sus viandantes, mientras desvías tu mirada curiosa a miles de puntos que atrapan tu atención. Sin embargo, tras varios días en Moscú deambulando por diferentes y bellas estaciones de metro, me di cuenta de cuán rápido opera el proceso de “asimilación” en el ser humano y qué triste resulta en ocasiones. Triste porque, durante los últimos días en Moscú, teníamos tan asimilada la belleza subterránea de esta ciudad, que, aunque la seguíamos teniendo frente a nosotros, dispuesta a ser admirada, nuestros ojos ya no miraban con la mirada ingenua de los primeros días.

Pero en esta ciudad de grandes magnitudes, además del metro, yo tuve la suerte, gracias a mi amiga Anna, de viajar a bordo de otros medios de transporte. Taxis ilegales, marsrudkas e, incluso, uno de los barcos de crucero que navega el río Moscova sirvieron a mis propósitos de explorar la ciudad de punta a punta y de extremo a extremo. Cada uno de ellos tuvo su peculiaridad. Los taxis ilegales por lo que eran, ilegales; las marsrudkas, que son una especie de minibuses sin ruta conocida y sin paradas fijas, porque, o vas acompañado de un local, o, como viajero, difícil aclararse; y el barco porque, durante más de dos horas (al precio de cuatrocientos rublos), nos mostró una ciudad cuyo mortecino gris característico se tintó de atractivos colores cálidos al amparo del atardecer.

Entre otros muchos puntos de referencia, surcando las sosegadas aguas del río Moscova, vislumbramos alguna de las “Siete Hermanas” (Seven Sisters), siete rascacielos de época stalinista cuya fastuosidad sobresale en el horizonte moscotiva. Precisamente, desde el mirador de la zona donde se encuentra uno de ellos –la Universidad estatal de Moscú-, descubrí la mejor perspectiva de conjunto de esta señal inequívoca de las aspiraciones de grandeza del poder comunista. Unos prismáticos abiertos a la panorámica de la ciudad cuya visión variaba mucho del día a la noche. Mi primera visita a este punto fue en plena madrugada y tuve que pestañear dos veces para comprobar que lo que estaba viendo no eran escenas de una película. Allí, en plena calle, me encontré con una mezcolanza interesante: barras de streptease improvisadas sobre furgonetas con, evidentemente, señoritas exhibiendo sus cuerpos; coches tuneados quemando pastillas de freno ante la mirada pasiva de la policía; jinetes a lomos de sus caballos cabalgando la ciudad a sus anchas; familias y parejas de enamorados haciendo volar sus globos de fuego, recién comprados a un vendedor ambulante… Evidentemente, la oferta turística diurna no era tan suculenta y se limitaba a los típicos puestos de matrioskas, gorros rusos y suvenires de diversa índole.

Por aquí y por allá, fuese en la Plaza Roja, en el Centro Panruso de Exposiciones o en el Parque Gorki, seguí advirtiendo que Moscú es, sobre y ante todo, una ciudad de reminiscencias soviéticas, incluso en el innegable libertinaje que se respira en la noche moscovita.

Un pensamiento en “Moscú diurno, una ciudad de reminiscencias soviéticas.

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