Moscú sometido al ranking de mi deleite.

Moscú, por supuesto, es mucho más que las reminiscencias soviéticas de las que hablaba en el post “Moscú diurno, una ciudad de reminiscencias soviéticas”. Una metrópoli en la que me sumergí cogido del brazo de los organizadores de AEGEE Moscú. No tengo la certeza, pero estoy casi convencido de que, por mi cuenta y riesgo (como hacen otros muchos viajeros), la lista de mi periplo moscovita hubiese sido más escueta. La compañía y ayuda de personas locales que guían tus pasos siempre garantiza poder descubrir rincones y detalles vírgenes a los ojos del viajero convencional.

Aunque cada vez estoy más convencido de que no importa tanto la cantidad como la calidad, es decir, no hay que priorizar la consecución del mayor número de lugares visitados posible sobre el deleite consciente de los mismos –en palabras de Jorge Drexler, “amar la trama más que el desenlace”-, he considerado una buena idea proponer una especie de ranking a tenor del deleite personal que experimenté con cada uno de los puntos turísticos visitados en la capital moscovita.

Metro de Moscú.

Sin lugar a dudas, éste es un puesto reservado para el Metro de Moscú. La belleza artística de sus estaciones, sobre todo de las estaciones de la línea circular 5 (Koltsevaya – línea marrón, con estaciones muy representativas como Komsomólskaya, Novoslobodskaya o Kíevskaya) le hace merecedor de esta posición de honor. Además, la frecuencia de trenes –cada minuto, a lo sumo dos-, te permite detenerte a admirar sus obras de arte sin tener que preocuparte por si perderás el siguiente tren y tendrás que esperar mucho tiempo en el andén. La única nota discordante es, precisamente, el ruido ensordecedor que generan algunos de sus trenes dada su antigüedad.

Plaza Roja.

Pese a que mi primera impresión de la Plaza Roja (Plaza Bonita) fue algo decepcionante, no tanto por sí misma, sino por tu tamaño (me la imaginaba más descomunal), su visita 360º borró esa primera impresión negativa. Al Norte, el Museo histórico; al Sur, la Catedral de San Basilio; al Oeste, las murallas del Kremlin y el mausoleo de Lenin; y al Este, la Galería Comercial GUM.

Lo más decepcionante, sin duda, el interior del Kremlin; lo más curioso, ver la momia de “plástico” de Lenin; lo más paradójico, descubrir una de las galerías comerciales más lujosas del mundo (GUM) emplazada en el que otrora fue el centro de operaciones del comunismo. Y, para colmo, a pocos metros, en el Kilómetro 0, mujeres rusas de avanzada edad recogiendo las monedas lanzadas por los turistas como símbolo de buena suerte.

La visita a la Plaza Roja es ineludible tanto de día como de noche.

Paseo por el río Moscova.

Vislumbrar sosegadamente desde el barco el monumento de setenta y seis metros de altura de Pedro I el Grande (sexta escultura más grande del mundo), alguna de las “Siete Hermanas” (Rascacielos de Stalin), las fortalezas del Kremlin o las lindes del Parque Gorki pobladas de bailarines de salsa en plena acción, todos ellos tintados por los tonos ocres del atardecer moscovita, no tiene precio. Bueno sí, cuatrocientos rublos por dos horas de paseo.

Mirador de la Universidad.

El encanto de este punto de referencia no sólo reside en la panorámica de la ciudad que se aprecia desde aquí, sino también, como relataba en el post anterior, en el ambiente que se respira, sobre todo en una visita nocturna (especialmente durante los fines de semana). Mejor no concederse el privilegio de pestañear si uno no quiere perderse alguna de las escenas pintorescas que se suceden a diestro y siniestro.

El Centro Panruso de Exposiciones.

El Centro Panruso de Exposiciones, construido en 1939 como recinto para albergar la exposición de los logros de la economía nacional de la URSS a través de diferentes pabellones, es hoy un vasto recinto ferial (como todo en Moscú). Esa grandeza en decadencia no le resta ni un ápice de atractivo, sobre todo si, como hicimos nosotros, lo recorres pedaleando. ¡Qué feliz se puede llegar a sentir uno encima de una bicicleta y tarareando una canción mítica de su más tierna infancia como es la sintonía de Verano Azul! Por cierto, me viene ahora a la cabeza que, al tararear esta melodía pegadiza, Yiliyang, participante búlgaro, me dijo que en Bulgaria, cada verano, reponían Verano Azul.

Kremlin de Izmaylovskiy.

Desde el puente de acceso al Kremlin de Izmaylovskiy, uno siente que, en cuanto lo cruce, va a viajar en el tiempo y en el espacio para aparecer súbitamente en una villa medieval rusa más propia de un cuento de hadas que de una gran urbe. La sensación perdura  una vez cruzado el puente, aunque muy mitigada por el estado de dejadez del recinto. Lo que no faltan, pese a todo, son las doncellas, ya que es éste un lugar de celebración de bodas civiles y es habitual cruzarse con parejas de novios ataviados con sus vestimentas nupciales. Ya desposados, es tradición colocar un candado como símbolo de su amor eterno.

Junto a la zona principal de curiosos edificios de madera, se halla o, más bien, se hallaba un mercado con los más típicos suvenires rusos (matrioskas, gorros rusos…), ya que la decadencia todavía es más patente aquí, donde más del 60% de los puestos están cerrados.  Pese a todo, el lugar goza de encanto, aunque seguro que vivió tiempos mejores.

Parque Gorki.

Unos minutos para el descanso, después de las profusas pateadas recorriendo la ciudad, siempre se reciben con agrado. El Parque Gorki, al que los moscovitas nunca han llamado así, sino Parque Kulturi (Parque de la Cultura), es un candidato perfecto para acoger a propios y extraños en esos momentos de descanso o descongestión.

Calle Arbat.

La Calle Arbat, nombre que también designa al distrito al que pertenece, es una de las más antiguas de Moscú y hoy una de las principales arterias comerciales. Aplastar sus adoquines supone sumergirse en un mundo de sensaciones y estímulos provenientes de tiendas, cafés, restaurantes, espectáculos callejeros, vendedores ambulantes… cuál de todos más curioso y pintoresco.

Bulevar Gogolevsky.

El Bulevar Gogolevsky, que comienza cerca de la Catedral del Cristo Salvador y llega hasta la Plaza Arbat, no es más que un amplio bulevar con una ancha zona peatonal en su parte central flanqueada por frondosos árboles a izquierda y derecha y salpicada de bancos. Es una curiosa fuente situada, aproximadamente, a mitad de camino entre un extremo y otro la que me ha llevado a citarlo en este particular ranking. Una fuente cuya historia desconozco pero en la que se recrea a una caballada cruzando un río sobre el que sólo sobresalen las cabezas de los caballos. A algunos de mis compañeros las aguas que brotaban de este simulado río les ayudaron a hacer el calor moscovita más llevadero.

Plaza de la Victoria y Museo de la Guerra Patriótica.

Ésta fue mi primera visita oficial de un punto de interés en Moscú y lo hice con mi amiga Anna y con Ana, participante asturiana. Fue precisamente aquí donde empecé a percibir que todo en la capital moscovita iba a ser de tamaño XXL.

La Plaza de la Victoria conmemora la victoria de la Unión Soviética y los Aliados sobre la Alemania nazi el 9 de mayo de 1945. De ahí que, como plaza conmemorativa, albergue varios símbolos representativos: una enorme placa de mármol con el año 1945 en relieve; un descomunal obelisco central simbolizando la victoria; una llama eterna en memoria de los caídos durante la que los rusos llaman la Gran Guerra Patria (la Segunda Guerra Mundial); y, precisamente, el Museo de la Gran Guerra Patria, con contenidos muy interesantes pero expuestos de forma soberanamente aburrida, característica de la que ya me había advertido Anna sobre los museos rusos antes de entrar a éste. Además, me resultó muy curioso que la gran mayoría de las vigilantes del Museo eran mujeres mayores que parecían sacadas de su salita de estar.

Parque y Monumento a los Cosmonautas.

Nada más salir de la estación de metro y antes de cruzar las puertas del Parque Timiryazeva, uno ya vislumbra en el horizonte un colosal y resplandeciente monumento de unos cien metros de altura. Se trata del Monumento a los Conquistadores del Espacio, un obelisco en forma de cohete espacial con su estela de despegue que, construido en 1964, conmemora los avances de la URSS en la carrera espacial. Como complemento a su grandiosidad, su base alberga una serie de relieves a través de los cuales, con claras pretensiones propagandísticas, se narran esos logros en la exploración espacial. Y, por si esto no fuera poco, debajo del monumento se halla el Museo Memorial de los Cosmonautas, al cual nosotros no llegamos a entrar.

Centro de negocio internacional de Moscú.

En una urbe donde cada rincón aloja una muestra de grandiosidad arquitectónica, un conjunto de rascacielos no constituye, en sí mismo, ningún atractivo especial. Quizá el único atractivo reside en el origen de este proyecto, ya que, ideado por el Gobierno ruso en 1992, busca (todavía está en proceso de desarrollo) crear la primera zona en Rusia, y en toda Europa del este, que combine actividad de negocios, espacios habitables y de entretenimiento; una ciudad dentro de la ciudad.

Sea como fuere, la expedición aegeera se desplazó hasta este punto de la ciudad con la intención de visitar una exposición de matrioskas gigantes. Aunque no fue nada del otro mundo, al menos resultó curioso contemplar matrioskas de más de siete u ocho metros de altura decoradas con muy diferentes motivos.

Catedral de Cristo Salvador.

El Templo Catedralicio del Cristo Salvador del Patriarca de Moscú, nombre completo de este edificio religioso, tiene el atractivo que puede tener cualquier otro edificio religioso a los ojos de un viajero. Quizá lo más interesante, aparte de saber que es la más alta de todas las iglesias ortodoxas, es conocer su historia de construcción, ya que, después de ser consagrada en 1883, tras más de 40 años de trabajo, en 1931 el gobierno comunista decidió derribarla para erigir el llamado Palacio de los Soviéts. La llegada de la guerra frenó las pretensiones comunistas, pero el edificio ya estaba demolido. Treinta años después se renunció al proyecto y, aprovechando los cimientos, se construyó la piscina Moskvá. Pero otros treinta años más tarde, en 1990, se decidió reconstruir el edificio original, la Catedral de Cristo Salvador, consagrada en 2000.

Una visita que sólo fue exterior, ya que nos encontramos con las puertas de la Catedral cerradas.

Museo del Vodka.

Este –aparentemente- curioso Museo se encuentra en el recinto del Kremlin de Izmaylovskiy. Después de varios días y varias noches habituándose a la bebida oficial –vodka- a uno, cuanto menos, le entran ganas de conocer un poco más sobre su historia y por eso, previo pago de ciento veinte rublos, decide visitar el Museo del Vodka. Sin embargo, una vez cruzadas sus puertas y recorridas sus vitrinas, sale con la sensación de haber tirado a la basura ciento veinte rublos, ya que, aparte de un puñado de vitrinas repletas de botellas de vodka de diversas formas y marcas, no tiene oportunidad de descubrir mucho más. Menos mal que nos invitaron a un chupito de vodka para no perder la costumbre.

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