Moscú nocturno, el desenfreno se apodera de la noche.

En numerosas ocasiones, los instantes que vivimos vienen acompañados de una banda sonora que, si no sonando físicamente en ese momento, sí que resuena en nuestra mente. ¿Quién no se ha imaginado, mientras se declaraba a un/a chico/a, acompañado por la banda sonora de, por ejemplo, Notting Hill o por una canción de, digamos, Alejandro Sanz, Jorge Drexler o cualquier otro, según gustos musicales? Pues bien, dejándome influenciar por ese espíritu hollywoodiense, me gustaría poner banda sonora a la lectura de este post: http://www.youtube.com/watch?v=2Lvu9KrwGgc. Así que, prepárate para pinchar en el enlace, clicar en el play y, espero, dejarte sorprender. Al final del post explicaré el porqué de esta elección musical.

Casi todas nuestras noches moscovitas tuvieron un nombre: “Papas Place Bar“. Salvo nuestra primera fiesta aegeera, en un pub del que no recuerdo su nombre pero jamás olvidaré el calor sufrido, todas nuestras noches acababan en el sótano del Papas, ya que el primer piso albergaba su restaurante, abierto hasta el amanecer. Tampoco en este pub nos libramos del exceso de sudoración, pero, por lo menos, aquí pasó de todo y uno, aunque sudando sobremanera, estaba entretenido.

La primera noche conocimos al que algunos calificaron como el “Rey Midas armenio”, un chico de origen armenio, supuestamente millonario, que todo lo que tocaba lo convertía en oro, ya que, billetes de gran valor en mano, se dedicó a invitar a vodka y a cerveza a muchos de mis compañeros aegeeros durante toda esa noche. Y, mientras el Rey Midas armenio no paraba de poner billetes encima de la barra, Orlando “Dj Papas” ponía la banda sonora de cadavelada; incluso tuvimos la suerte de vivir la noche de la Fiesta Latina, que se celebra todos los martes en el Papas Place Bar. Con él –con el “compatriota” panameño- nos enfrascamos en entretenidas conversaciones y, en la noche de la Fiesta Latina, a ritmo de bachata, merengue y salsa, a Sara (participante de Las Palmas de Gran Canaria) y a mí nos invitó a alguna que otra ronda y nos presentó a su amigo cubano, el manager de la Fiesta Latina.

Otra de las sesiones nocturnas, en nuestro sitio de referencia de la noche moscovita, asistimos a la locura de una fiesta de la espuma en un sótano de un local con dudosa ventilación. Yo reconozco que, al principio, tuve mis reticencias de meterme en aquel maremágnun de espuma agobiante lleno de cuerpos sudorosos desenfrenados; sin embargo, me dije a mí mismo: “¿y por qué no? Así que, después de no recordaba cuántos años exactamente, estaba viviendo mi segunda fiesta de la espuma. La primera había sido durante mi infancia o mi juventud en las fiestas del barrio, en un entorno mucho más aireado, seguro y casto. Pero si loca era la fiesta en sí misma, no menos loca era la actitud de los participantes. Muchos de sus cuerpos –sobre todo el de algunas chicas rusas- se retorcían al ritmo de la música como si no hubiese mañana. La locura reinante era, incluso, contagiosa, ya que Yiliyang, participante búlgaro, que estaba en una esquina del pub viendo tranquilamente los Juegos Olímpicos de Londres, emitiéndose en ese momento por televisión, de manera repentina se quitó la camiseta, se puso sus ya conocidas gafas coloridas sin cristales y se lanzó a la piscina de espuma cual saltador olímpico de trampolín.

Esto y mucho más vivimos entre las cuatro paredes de nuestra segunda casa moscovita, Papas Place Bar. Pero, allende las paredes de este pub, lo vivido no fue menos sorprendente. Quizá el mayor impacto visual fue el que vino de la mano de los que he calificado como “los locos de la calle”. La noche de la European Night –actividad realizada en todas las Summer University de AEGEE en la que cada participante aporta y presenta bebidas y comidas típicas de su país-, en el camino desde el lugar donde había tenido lugar la actividad al Papas Place Bar, en un ambiente de alegría  y euforia propia de los momentos posteriores a una European Night, de repente un coche se detuvo junto a nosotros. Un coche totalmente tuneado, destellando luces verdes desde su interior, vibrando por el volumen de su música y ocupado por cuatro chicos jóvenes. Lo que pasó después, más que narrarlo, mejor verlo, como también lo vio la policía sin ni siquiera inmutarse.

Visto lo visto, era fácil deducir que el umbral del escándalo público en Rusia no era muy bajo. Así que, nuestros bailes griegos y españoles en medio de las calles moscovitas difícilmente podían ser calificados de escándalo público. Por eso, en medio de un parque en el centro de Moscú, no me corté en incitar al grupo a cantar y bailar “Mi caballo camina palante, mi caballo camina patrás”.

Desde luego, las correctas maneras de los rusos durante el día, hasta el punto de transmitir cierta frialdad, habían cedido frente al desenfreno durante la noche. Y yo estaba allí para -con mi mirada curiosa, que no crítica- dar fe de ello e incorporarlo a mi mochila de vivencias.

Por cierto, como he prometido al principio del post, explico el motivo de la elección de una banda sonora para esta lectura. Es tan sencillo como que las más palabras recurrentes de los líricos son “vodka” y “tetas” (“siski”), que reflejan con gran acierto el espíritu de la noche moscovita. Además, durante nuestro Sueño Transiberiano fueron varias veces las que escuchamos esta canción; tantas que, cuando nos hacíamos una “group picture”, nuestra palabra preferida, en vez del típico “cheese” o “patata”, era “siski”.

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