¡Pasajeros al tren!

Tras seis días en Moscú, punto de partida del Sueño Transiberiano, era el momento de adentrarse en un nuevo mundo de historias, curiosidades, detalles y sorpresas, el mundo de los trenes. Sin embargo, lo más importante, saber que el Transiberiano no es un tren, sino la red ferroviaria que une Moscú con las lejanas provincias del Oeste ruso, no lo ratifiqué, incluso, hasta después de mi regreso, cuando me puse a preparar “Trotamundos”, proyecto radiofónico del que ya hablaré en un post específico.

El tren que recorre los nueve mil doscientos ochenta y ocho kilómetros que separan Moscú de Vladivostok se llama, en realidad, Rossía (Rusia). Y, además de la red ferroviaria recorrida por este tren, existen otras dos redes adicionales: la ruta transmanchuriana, que llega hasta Pekín sin pasar por Mongolia; y la ruta transmongoliana que, igualmente, alcanza Pekín, pero recorriendo territorio mongol.

Como es tanta la información que se puede obtener valiéndose de Internet acerca de las tres redes ferroviarias, de las paradas, de los billetes, de los trenes, etc., he preferido enfocar la continuación de este post como una especie de “paseo casi en directo y pormenorizado” de lo que uno se va encontrando cuando se sube a un tren y lo recorre, deteniéndose en la contemplación de cada detalle. Así que, ¡pasajeros al tren con salida Ekaterimburgo y llegada Irkutsk! (http://snd.sc/YfbhL1).

Poco más de las 22h. en el andén de la estación de Ekaterimburgo, dos horas menos en el huso horario de Moscú, por el que se rigen todos los trenes rusos. Cargado con mi mochila de espalda, mi maleta azul de mano (la maleta perfecta, como la catalogaría más tarde Ximo a tenor del orden reinante en su interior), una garrafa de cinco litro de agua y una enorme bolsa de plástico portadora de provisiones recién adquiridas en el supermercado, me dispongo a subir al tren. Frente a mí, un vagón tintado de gris y rojo que sirve de croma a la imagen de la provanitsa, responsable del vagón de la que, contrariamente a lo que se rumorea de su figura, he podido comprobar en los trayectos anteriores de tren que no es tan antipática y agria. Simplemente encarna el carácter de respeto y cierta frialdad de cualquier otro ciudadano ruso.

No sin ciertas dificultades por lo cargado que voy, afronto la ascensión a los peldaños de acero que dan acceso al vagón. El primer escalón perfectamente puede distar entre cuarenta y cincuenta centímetros del suelo del andén. Desde luego, un verdadero obstáculo para personas con discapacidad física. Ya arriba, giro hacia la izquierda para enfilar el pasillo que da entrada a mi vagón que, precisamente, no se caracteriza por su anchura. Es más, tengo que estar atento para no golpear nada con mi mochila. En este pasillo de entrada uno ya se encuentra con detalles característicos de los trenes rusos. A mi izquierda, en primer término, aparece la puerta del aseo, uno disponible en cada extremo del vagón. En este preciso momento se haya cerrado porque, por norma, la provanitsa se encarga de bloquear sus puertas aproximadamente veinte minutos antes de cada parada y no la vuelve a desbloquear hasta pasados otros veinte minutos desde que el tren ha reanudado su traqueteo normal. Continuando en el mismo lateral, encuentro dos puertas más, en este caso corredizas. Se trata de unos pequeños habitáculos que hacen el papel de centro de operaciones de la provanitsa, donde incluso hace negocios vendiendo algunos snacks, bebidas, etc. a los viajeros. Desde luego, aparentemente, no resulta un oficio demasiado satisfactorio y gratificante. En uno de los espacios que separan las tres puertas pende un cartel en ruso donde vienen detalladas todas las paradas, duración de las mismas y horarios que efectúa el tren.

Si desplazo mi mirada 90º a la derecha, entonces descubro un extraño contenedor metálico con forma cilíndrica que no es, sino, un hervidero de agua que nos proveerá de la sustancia líquida necesaria para, casi por arte de magia, tener listas algunas de nuestras comidas (nuddles, puré de patatas…) y bebidas (té) durante las más de cincuenta y cinco horas que vamos a vivir a bordo de este tren. Muy cerca del hervidero, un enchufe, de los pocos que se encuentran a disposición de los viajeros en el tren. La suerte es que la ventana de este pasillo tiene una especie de repisa ancha que hace las veces de banco si estás esperando para entrar al servicio, si estás haciendo tiempo mientras se carga algún aparato electrónico (no es recomendable dejar cargando ningún aparato electrónico sin vigilancia) o si simplemente quieres pasar un rato en esta zona.

Atravesado este angosto pasillo, ya estoy a punto de cruzar el umbral de la puerta que da acceso al vagón de tercera clase que será nuestra morada para las tres noches siguientes. Los vagones de tercera clase se caracterizan por compartimentos cerrados o abiertos con cuatro o seis camas en disposición de literas. En esta ocasión, se trata de un vagón abierto, lo que viene a ser una gran habitación compartida por cerca de cincuenta personas (la mayoría participantes y organizadores de AEGEE, pero también gente extraña a nuestro grupo) que disponen de un pasillo común y de espacios separados para cuatro personas. Cruzar este pasillo común, sobre todo en las horas en las que los viajeros se dejan vencer al sueño, supone tener que esquivar algún que otro pie aquí y allá para no perturbar el descanso de su propietario.

El vagón nos recibe con una bocanada de calor que, si bien no es tan sofocante como en los trenes anteriores, contrasta notablemente con la temperatura exterior. Afortunadamente, una vez despojado de toda la carga en el acomodo elegido, la sensación de calor no es tan agobiante. Mientras el tren inicia su traqueteo, empiezo, junto a mis compañeros de espacio (Ismael, Ximo, Zeltia y Yiliyang), a acostumbrarme a este reducido rincón que dispone de una pequeña mesa en el centro, dos literas a cada lado y dos baldas superiores sobre las que, ahora mismo, reposan los jergones y almohadas que harán de nuestras literas unas camas más mullidas y confortables. Con el propósito de convertir este espacio en un lugar más habitable, los moradores del compartimento nos ponemos manos a la obra para distribuir nuestros equipajes entre las baldas superiores y los huecos a modo de baúl debajo de las literas inferiores. Ya que el espacio es reducido, conviene dejar a la vista sólo lo estrictamente necesario. No obstante, aunque la mesa empieza el viaje bastante despejada y relativamente ordenada, conforme vayan pasando las horas la estampa será bien distinta.

No ha pasado mucho tiempo desde que dejamos atrás Ekaterimburgo, cuando la provanitsa recorre de punta a punta el vagón dando la bienvenida a los recién llegados –evidentemente, no es algo de lo que pueda dar fe directa porque, pese a los días en Rusia, sigo sin entender el ruso- y, sobre todo, repartiendo un pack plastificado compuesto de las sábanas para nuestro jergón y almohada y una pequeña toalla.

Han transcurrido más de veinte minutos desde que abandonamos Ekaterimburgo, lo que significa que el servicio vuelve a estar disponible. Medio por necesidad, medio por curiosidad, realizo mi primera visita al aseo de este tren, que no dista mucho de los encontrados anteriormente ni de las fotografías que en su día, antes de emprender esta aventura, me envió José de Sitges, poniéndome en antecedentes sobre la salubridad y limpieza de los baños a bordo del tren. En este reducido habitáculo, me encuentro con un WC y un lavabo de metal con notables marcas de corrosión y no en su mejor estado de higiene, al igual que el suelo.  Tanto el WC como el lavabo funcionan con sendas palancas. En el primer caso, una vez depositadas tus “pertenencias”, pisando la palanca situada en el suelo para que éstas desaparezcan en el vacío de las vías; en el segundo, presionando hacia arriba para que el agua comience a brotar, aunque nunca a raudales.  Otro elemento importante del servicio es una especie de gancho para sujetar la tapa del WC. Y recalco su importancia para evitar que pueda repetirse lo que me ocurrió a mí en el primer tren pisado. No utilicé este gancho y el traqueteo del tren ocasionó que la tapa cayese en pleno acto de micción. También el rollo de papel y el jabón son detalles importantes del baño, pero pocas veces se encuentran, bien porque la provanitsa se ha olvidado de ellos, bien porque algún amante de lo ajeno ha sido reincidente en su actitud. Por eso, al servicio del tren siempre hay que ir con kit de higiene en mano.

Lejos del servicio de nuestro vagón de tercera clase –si no recuerdo mal, a cinco coches de distancia-, y tras abrir y cerrar más de veinte puertas de vagones y de separación entre estos, llegamos al vagón-restaurante. El propósito de esta incursión, al menos en mi caso, no fue satisfacer la necesidad de alimento, sino la necesidad de curiosidad. Del punto de origen al punto de destino de esta expedición por el tren, fuimos comprobando como la calidad y calidez de los vagones cambiaba y, por ende, la clase de acomodo. De nuestra tercera clase con compartimentos abiertos, pasamos a la tercera clase con compartimentos cerrados, a la que siguió la segunda clase (kupe) para alcanzar, justo al lado del restaurante, la primera clase (lyuks), caracterizada por compartimentos cerrados con dos camas blandas totalmente tapizadas. Una evolución que no sólo advertimos por la propia privación de advertir –ya que los compartimentos empezaban a ser cerrados-, sino también por los olores cambiantes, tan ciertamente desagradables al inicio del paseo y tan inapreciables al aproximarnos al vagón-restaurante. Unos aromas muy razonables teniendo en cuenta que muchos de los compartimentos abiertos de los vagones de la tercera clase por los que atravesamos casi remplazaban a la vivienda original de sus moradores. Era como si hubiesen cogido su casa y, sin olvidarse ni un detalle, la hubiesen ubicado en el compartimento del vagón.

Una vez en el vagón-restaurante, con un toque de lujo desfasado, se me olvidó comprobar si, como había leído en algunos blogs, la carta constaba de dieciocho páginas. ¿Alguien podría corroborarme este insignificante detalle para no tener que volver? Bueno, mejor haré el esfuerzo de volver a “sufrir” esta experiencia.

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