La vida entre traqueteo y traqueteo.

Aunque en nuestra rutina diaria muchas veces nos convencemos a nosotros mismos de que veinticuatro horas no son tiempo suficiente para hacer todo lo que contempla nuestra agenda o nuestra lista de tareas, a bordo de un tren veinticuatro horas dan para mucho. Y, si son cincuenta y cinco (trayecto más largo cubierto desde Ekaterimburgo a Irkutsk en el “Sueño Transsiberiano”), para mucho más.

Como en cualquier otro día de tu vida, a bordo del tren precisas cubrir ciertas necesidades básicas, dígase comer, dormir e ir al baño, ya sea por cuestiones fisiológicas o de higiene. Sin embargo, los horarios, los ritmos y los hábitos son moldeados a su antojo por la extraña sensación de jet lag constante. La pérdida de la noción del tiempo es una sensación común entre los viajeros a bordo del tren. Por eso, no comes marcado por un horario, sino inducido por la llamada ansiosa de tu estómago o, incluso, en muchas ocasiones, por simple gula. No siempre duermes cuando tus ojos empiezan a sentir el sopor, sino cuando termina la fiesta en el vagón o cuando los aegeeros más party animals te lo permiten. Y, por supuesto, aunque tu estómago te lo reclame, no siempre puedes ir al baño cuando quieres, sino cuando no está cerrado, ya sea porque está ocupado por otra persona o porque se aproxima o se deja atrás una parada y la puerta sigue bloqueada de manos de la provanitsa.

Precisamente, el segundo día a bordo del tren Ekaterimburgo-Irkutsk, yo me levanté con un fuerte dolor de barriga acompañado de continuos y molestos retortijones. Enfilé apresuradamente el pasillo hacia el baño con la mala fortuna de que del compartimento contiguo al servicio salió una chica rusa con mi mismo destino y se hizo con la “pole” del pasillo. Tuve que esperar casi veinte minutos a que la chica abandonara el baño, tiempo que para mí, y sobre todo para mi apretón, fue una eternidad. Pero, por lo menos, las necesidades orgánicas, aunque no siempre cuando quieres, sí se pueden cubrir a bordo del tren. No ocurre así con las necesidades higiénicas, ya que en el tren no dispones de ducha y no te queda otra que “lavarte por parroquias” (expresión en honor a Zeltia, compañera y ahora amiga de Galicia), es decir, recurrir a la toalla, el jabón y el desodorante; las toallitas húmedas (siempre conmigo); o, como Ismael de Valencia, a la toalla y al vodka que, en su condición de alcohol, tiene efecto desinfectante.

Descontadas las horas dedicadas a las necesidades básicas y a los rituales que las envuelven a bordo del tren, todavía nos queda mucho tiempo. Bien es cierto que la situación varía mucho si, como yo, viajas con casi cuarenta personas más o si viajas en un pequeño grupo o, incluso, solo. En mi caso, a diferencia de otros viajeros aegeeros, tuve mis momentos de compartir, pero también instantes para ordenar mis ideas, aunque no de forma tan drástica como Yiliyang -participante búlgaro del que ya hablé en un post anterior-, que parecía tratar de batir el récord guinness de mayor horas dormidas a bordo de un tren.

Entre los momentos compartidos, se incluyen aquellos dedicados a cantar en torno a una guitarra; los diferentes juegos, ya fuesen de cartas, con “agüita” de por medio o divertidos juegos como el de los personajes, consistente en convertirse en un personaje famoso y tratar de adivinarlo a base de preguntas sobre el mismo; y, sobre todo, las interesantes y profundas conversaciones compartidas entre traqueteo y traqueteo, especialmente las abordadas en español, ya que en inglés, aunque uno tenga cierto dominio de la lengua, parece que no se siente tan cómodo con determinados temas.

Ordenar mis ideas a bordo del tren no resultó una labor complicada, máxime cuando siempre había posibilidad de encontrar una buena excusa que nadie cuestionaba. Ya fuese escuchando música; leyendo, bien guías del Transiberiano, Rusia, Mongolia y China, bien “El primer día” de  Marc Levy; escribiendo las notas necesarias para poder dar vida a este blog; transfiriendo y ordenando las fotografías del viaje; o simplemente contemplando el paisaje de taiga siberiana salpicado de retazos de industrialización, los momentos de reflexión fueron habituales y, convencido estoy a tenor de la evolución personal experimentada tras el viaje, muy enriquecedores.

Pero tanto unos como otros –los momentos compartidos y los reflexivos a bordo del tren-, de vez en cuando se veían interrumpidos por una parada. Durante las más breves, de apenas cinco minutos, ni siquiera nos apeábamos del tren. Durante las más largas, de hasta cuarenta minutos, teníamos tiempo suficiente, incluso, para adentrarnos en las profundidades de la estación en cuestión o, incluso, con un poco de arrojo, en los alrededores de este punto de comunicaciones ferroviarias ambientado con alguna que otra locomotora antigua. Curiosamente, la mayor parte de las entradas a las estaciones estaban custodiadas por detectores de metales sinsentido, ya que nadie controlaba de ellos. Una vez cruzados estos controles sin control, la estación te ofrecía alguna pequeña tienda aquí y allá y, lo que más nos importaba, baños que, aunque no mucho más limpios que los del tren, sí más espaciosos y sin “movimiento”. Servicios a los que se normalmente se accedía previo pago de unos diez o quince rublos.

En modo “parada”, nadie desaprovechaba la oportunidad de adquirir alguna provisión agotada o, simplemente, deseada. Para ello, además de utilizar los pequeños comercios de ultramarinos de la estación o algún supermercado colindante, recurríamos a las frecuentes y numerosas vendedoras ambulantes a pie de andén. Lugareñas  que, al amparo de la llegada del tren, montan su paraeta con todo tipo de productos, desde bebidas y snacks, hasta frutas y verduras frescas e, incluso, una amplia variedad de bollería dulce y salada cocinada por ellas, además de algún que otro suvenir.

A bordo o sobre el andén, la vida entre traqueteo y traqueteo nos ofreció un mundo de historias, curiosidades, detalles y sorpresas. Hubo quien, incluso, vivió una historia de vampiros o, al menos, eso nos pareció a los demás participantes, ya que cuando llegamos a Irkutsk, fin del trayecto de cincuenta y cinco horas, Boštjan, participante esloveno, amaneció con su cabeza rapada llena de arañazos, chupetones y otras marcas. Y es que, curiosamente, por las noches –y sólo por las noches- aparecían en nuestro vagón unas viajeras finlandesas con una de las cuales Boštjan acabó enrollándose. ¿Sería realmente una vampiresa? ¿O simplemente fue que Boštjan fue al aseo y, por el continuo traqueteo del tren, se golpeó repetidas veces en la cabeza haciéndose esos arañazos y heridas?

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