Las ciudades en la ruta del Transiberiano. Primer capítulo: Kazán.

Moscú (0 km, Huso Horario de Moscú); Nizhny Nóvgorod (442 km, HHM); Perm (1436 km, HHM+2); Frontera oficial entre Europa y Asia (1777 km); Ekaterimburgo (1816 km, HHM+2); Omsk (2712 km, HHM+3); Novosibirsk (3335 km, HHM+3); Krasnoyarsk (4098 km, HHM+4); Irkutsk (5185 km, HHM+5); Ulán-Udé (5642 km, HHM+5); Intersección con el Transmongoliano (5655 km); Frontera entre Rusia y Mongolia (5900 km).

Desde el inicio de los raíles en Moscú hasta la Frontera ruso-mongola, la red ferroviaria transiberiana atraviesa todas las ciudades y puntos mencionados. Cerca de 6.000 km. que configuraron parte de la ruta del “Sueño Transsiberiano” pero con alguna pequeña licencia aegeera, ya que nuestra primera parada después de la capital moscovita fue Kazán. Y, pese a haber barajado y consultado varias fuentes, todavía hoy no tengo la certeza de si Kazán forma parte de la ruta del Transsiberiano o no. Según la Wikipedia, “Otros trenes todavía circulan por la ruta de Yaroslavl, o la ruta más sureña de Kazán”, lo que implicaría que, efectivamente, está dentro de la ruta. Sin embargo, chequeando los mapas de rutas que aparecen en el libro Trans-Siberian Handbook de la editorial TrailBlazer, gracias a las imágenes enviadas por whatsapp por Ximo, compruebo como la línea roja que une las ciudades y lugares de la ruta del Transiberiano no roza, si quiera, el punto que simboliza Kazán. Sea como fuere, de lo que sí que puedo dar fe es de las que fueron nuestras paradas oficiales en nuestra ruta: Kazán, Ekaterimburgo e Irkutsk.

KAZÁN – ¿FUERA DE RUTA?

1-2 de agosto de 2012 – Moscú-Kazán – 825 km. – 15 horas aproximadamente – Huso Horario de Moscú.

Después de nuestra primera noche a bordo de un tren ruso, sobre las diez de la mañana nos recibió, en primer término, la estación de la capital de la República de Tataristán y, en segundo término, una vez apeados del tren, los organizadores de AEGEE Kazán, en alguno de los cuales descubrí unos rasgos físicos que, a primera vista, no me resultaban precisamente rusos. Y es que, como averigüé más tarde, los pobladores de esta ciudad, más tártara que rusa, tienen ascendencia turca y musulmana. En la actualidad, Kazán se caracteriza por contar con una población multirracial integrada por musulmanes, ortodoxos y cristianos entre los que reina una armonía tan tolerante y abierta que hasta ha sido reconocida por la UNESCO.

Tras liberarnos del peso de nuestro equipaje en la consigna de la estación, teniendo en cuenta que no hacíamos noche en esta ciudad, enfilamos el camino hacia el centro histórico. Ya en la distancia, en una colina ligeramente elevada, pude vislumbrar, precedida por la fortaleza blanca (el Kremlin de Kazán, a diferencia del de Moscú, es blanco), uno de los lugares de referencia que nos aguardaban en el city tour, la mezquita Kul Sharif, una de las mayores de Europa, nombrada en honor del jefe de los musulmanes del janato de Kazán. Su característica paleta blanquiazul, sobre todo en un día soleado como el que disfrutamos, nos descubrió un edificio singular, no sólo en su exterior, sino también en su interior, previo pago de un precio simbólico del equivalente a veinte céntimos de €. A cambio de esa irrisoria cantidad, a las puertas de la mezquita, te entregaban unos peucos de plástico azul (no sé si intencionadamente a juego con la ornamentación exterior de la mezquita) para colocártelos como condición indispensable para cruzar el umbral del edificio. Las chicas, además de los peucos y para cumplir con las normas de “etiqueta” de los edificios de culto al Islam, recibieron pañuelos y telas para cubrir su cabeza, piernas y hombros (http://islam-victorcera.blogspot.com.es/p/reglas.html). Aunque la toma de fotografías supuestamente estaba prohibida, fuimos varios los participantes que accionamos el disparador de nuestras cámaras sin ningún tipo de reprimenda por parte de los custodios de la mezquita. Pero es que la tentación ante la belleza de la ornamentación interior era muy grande.

Ya fuera de la mezquita, los suelos de mármol brillante cubiertos en algunos puntos de enormes alfombras dieron paso a los adoquines de la zona peatonal que guiaron nuestros pasos por las calles del centro histórico adentrándonos en el famoso Kremlin de Kazán, reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000. Un paseo relajado nos descubrió varios edificios importantes como la Catedral de la Anunciación o la Torre Siuyumbiké o Mezquita del Khan que, quizá por su inclinación, es, junto con el dragón –Zilant-, uno de los símbolos principales de la ciudad.

Sin perder el rumbo marcado por los adoquines, detrás de los edificios, al otro lado de la colina sobre la que se halla el Kremlin, nos sorprendió una vista recortada de la ciudad moderna allende el río Volga. Puro contraste en una ciudad que ya de por sí está llena de antítesis culturales, arquitectónicas e, incluso, religiosas, pero en absoluta armonía, como lo demuestra, por ejemplo, el hecho de que todos los carteles estén escritos en ruso y tártaro.

Del Kremlin, y ya con la vista puesta en llenar nuestros estómagos, los guías de AEGEE Kazán nos condujeron a la arteria comercial  por excelencia de la ciudad, la calle peatonal Ul baumana, en la que, al trasiego habitual de viandantes locales, artistas de calle, turistas… ese día se sumaban jóvenes marines prolongando la celebración del Día de la Marina (último domingo de julio) con cánticos y, en algunos casos, exceso de alcohol en sus venas. Desde luego, resultó curioso ver a chicos que casi no alcanzaban la adolescencia vestidos con sus características camisetas de rayas blancas y azules en pleno intento de alardear de su hombría y poderío.

Con las fuerzas repuestas tras una rica comida, sólo nos faltaba mitigar el calor, para lo cual los organizadores nos propusieron remojarnos en las aguas del río Volga, el más largo de Europa. Para desplazarnos hasta el lugar en cuestión, utilizamos la única línea de metro de Kazán, inaugurada en 2005, lo que la convierte en una de las líneas de metro más modernas de Rusia. Me resultaron muy curiosos los tickets del metro, ya que me recordaron a las fichas de plástico circulares que antaño introducía en los coches de choque de la “feria”.  Y, qué casualidad, que para llegar a la zona de baño pasamos por un parque con atracciones y puestos de feria a diestro y siniestro.

Después del calor sufrido y de casi dos días sin ducharnos, aunque las aguas de esta playa artificial bañada por el río Volga no brillaban por su claridad y limpieza, el baño fue refrescante e, inclusive, reconstituyente. Además, la visión de conjunto del casco histórico en la otra orilla del río añadía atractivo al chapuzón.

Lo único que nos restaba por hacer en esta ciudad tártara era visitar el supermercado para aprovisionarnos para otra noche en el tren. Bueno, y vivir la experiencia de estar a punto de perder el tren por un despiste, precisamente, a las puertas del Centro Comercial, donde, terminada nuestra compra, un pequeño grupo estábamos esperando a otros participantes y organizadores con la mala fortuna de que salieron por otro acceso del recinto. Aunque, cuando nos dimos cuenta de la hora, nos tocó correr, sudar y sufrir al mismo tiempo, por fortuna no perdimos el tren.

De este modo tan atolondrado decíamos adiós a una ciudad en la que uno parece realizar un pequeño viaje en el tiempo, entre otras cosas porque pasa de respirar el lujo, la grandiosidad y el desenfreno de Moscú a la sencillez y la humildad de Kazán, un crisol de culturas y religiones.

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