Las ciudades en la ruta del Transiberiano. Segundo capítulo: Ekaterimburgo.

EKATERIMBURGO –  CURIOSA CIUDAD INDUSTRIAL.

2-4 de agosto de 2012 – Kazán-Ekaterimburgo – 717 km. – 11 horas aproximadamente – HHM+2. 

Nuestra segunda noche en un tren ruso no fue tan confortable como la primera, ya que en esta ocasión viajamos en un vagón con asientos. Deduzco que se trataba de la última clase del tren, ya que nuestro vagón era el último de la cola. Quizá previendo que nuestros cuerpos se resentirían del cansancio de este acomodo, nada más llegar a Ekaterimburgo, nos dirigimos a nuestra morada por una noche, una especie de residencia de estudiantes o hostel, donde tuvimos cerca de cuatro horas para lavar ropa, ducharnos, asearnos, descansar… Incluso, si uno quería, podía ver la TV, ya que las habitaciones estaban provistas de TV, nevera y armario y una amplitud que ya la hubiésemos querido en el Hostel Za Za Zoo de Moscú.

Poco antes de la hora acordada para el encuentro con el resto del grupo, todos los moradores de mi habitación (Ana, Ismael, Ximo y yo) estábamos preparados y dispuestos para descubrir lo que la “capital de Los Urales” tenía que ofrecernos. Cierto es que, tras lo poco leído u oído, partía con desventaja en la línea de salida, ya que, ante todo, Ekaterimburgo es un centro industrial. En cualquier caso, como hago siempre que viajo, intento no dejarme condicionar por los prejuicios y, sin embargo, sí dejarme seducir por todo lo que voy descubriendo con mis propios ojos.

Unos minutos más tarde y dieciocho rublos menos, estábamos subidos en uno de los típicos y envejecidos tranvías que transitan las calles de esta ciudad conducidos, curiosamente, por mujeres de mediana edad (entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años). Mi pensamiento, al ver a varias de estas singulares conductoras ataviadas con ropas de calle, fue: “perfectamente mi madre podría estar conduciendo este tranvía”.

Nuestra primera parada fue un restaurante de la ciudad en el que nos esperaba una ensalada de remolacha, un plato de sopa espléndidamente especiada y un filete de carne rebozada, todo ello maridado de una especie de infusión afrutada o zumo hervido,  ya ingesta anteriormente y de la que no he conseguido averiguar su nombre.  Con todos estos ingredientes en el cuerpo, ya desde el restaurante iniciamos el city tour comandados por estudiantes de BEST, asociación colaboradora de AEGEE en algunos lugares donde no tiene Antena local. Paso a paso, ya que el city tour lo realizamos en su totalidad andando, nos fueron conduciendo a algunos de los pocos atractivos con los que cuenta esta ciudad eminentemente industrial, aunque, paralelamente, importante centro cultural.

Durante buen rato transitamos por la principal arteria de la ciudad, la avenida de Lenin (Léninski prospekt), desembocando en, probablemente, uno de los lugares que más visitas atrae de la ciudad y donde, efectivamente, más tiempo nos detuvimos. Este privilegio de acogernos durante más tiempo lo ostentó la zona del Dique sobre el río Iset, obra de ingeniería que fue construida en 1723 para dar energía a la primera planta metalúrgica de la ciudad. En un círculo de no más de doscientos o trescientos metros en torno al dique, nos encontramos con varios puntos de interés, algunos de ellos reseñables por su singularidad. Sin duda, como referencia de belleza, la casa de Sevastiánov, una mansión construida en la primera mitad del siglo XIX a orillas del embalse que forma el dique y cuyo estilo arquitectónico no tiene análogos en la arquitectura de Los Urales; me llamó mucho la atención la viveza de los tonos verdes y anaranjados de su fachada. También descubrimos el monumento a los fundadores de Ekaterimburgo: Vasili Tatíschev y Gueorg Vilguelm de Guennin.

Sin embargo, fueron los puntos de interés de los que antes mencionaba que eran reseñables por su singularidad los que más atraparon la atención aegeera. Tanto el monumento a Los Beatles (Beatles Corner) como un gigantesco teclado de ordenador del tamaño de treinta teclados normales (supuestamente, el teclado más grande del mundo compuesto por 86 teclas de hormigón) se ganaron el mayor número de disparos fotográficos.

Pocos minutos pasaban de las 8 de la tarde cuando dimos por concluido nuestro city tour en uno de los parques de la ciudad. Una hora extraña que, incluso, despertó dudas en los organizadores, ya que no tenían claro si ofrecernos la opción de ir al hostel a descansar o, directamente, quedarnos en el centro de la ciudad para llevarnos al lugar previsto para la fiesta nocturna. Finalmente, la primera opción –la del hostel– se vio desvanecida y enfilamos el corto camino hasta el club en cuestión, lo que no fue del agrado de algunos de nosotros, entre los cuales me contaba. Sin embargo, casi sin pretenderlo, me vi pagando los doscientos rublos que costaba la entrada al local. Evidentemente, a tenor de la hora, el local estaba prácticamente vacío, pero poco a poco se fue animando y parece que el descontento inicial fue transformándose en euforia comedida que, conforme iban pasando las horas, pasó a ser directamente embriaguez.

La extraña fiesta comenzó en modo relax, es decir, sentados mientras bebíamos, hablábamos, cenábamos algo y hasta nos entreteníamos con algún juego de ingenio de la mano de dos chicas de BEST, Lily y Elena. De ese estado relax inicial pasamos al de euforia comedida, potenciado por algún que otro chupito de vodka y alguna que otra calada de cachimba. Pero llegó el momento de abandonar nuestro rinconcito de relax y posterior euforia comedida, abrirnos un hueco cerca de la barra y, a partir de entonces, al igual que el desenfreno se apoderaba de la noche moscovita, en esta ocasión se apoderó de muchos de los miembros aeegeros. Tal fue el desenfreno que hubo quien (Ximo, participante de Valencia, para ser exactos) calificó esta noche como “La noche de los cuchillos”. Y, como uno es un caballero, hasta aquí puedo leer.

En mi caso, acompañado por Hanat, Mark, Claudio, Boštjan, Scott y Margarita, llegué al Hostel alrededor de las cuatro de la madrugada, motivo por el cual, cuando llegó la hora de levantarse, las nueve de la mañana, la sensación de cansancio y sueño todavía no había abandonado mi cuerpo y  mi mente. Sin embargo, como buen aegeero, allí estaba yo, preparado y sin mostrar el más mínimo síntoma de queja para, después de ducharme, preparar el equipaje para dejar las habitaciones libres y desayunar, afrontar un segundo día en Ekaterimburgo.

En autobús alquilado por los organizadores recorrimos los aproximadamente catorce kilómetros que separan Ekaterimburgo del punto exacto, en plenos Montes Urales, donde se encuentra la frontera natural entre Europa y Asia. Un obelisco que fusiona las letras A y E se encarga de señalar este punto, donde, literalmente, uno puede tener un pie en Europa y otro en Asia, siendo ésta la más típica de las fotos. De todos modos, como poco más se puede hacer en este lugar, no faltaron una importante serie de group pictures: foto de grupo al completo, foto de españoles, foto de italianos, foto de organizadores…

Desde este curioso punto, de interés más turístico que geográfico, el autobús nos llevó hasta un complejo de monasterios e iglesias, del que no recuerdo su nombre, construido por la Iglesia Ortodoxa en honor a los Romanov, asesinados durante la Revolución Bolchevique. Supuestamente donde se levanta este actual complejo el ejército rojo trató de quemar los cuerpos sin vida del último zar de Rusia, Nicolás II, y de otros miembros de su familia con el propósito de que no fuesen reconocidos. Para entrar al complejo, todas las chicas de nuestro grupo tuvieron que cubrir su cabeza y ponerse una especie de falda. Debo confesar que la visita, sobre todo cuando el cansancio hace mella, no tiene nada de especial. Quizá su mayor atractivo radica en descubrir una arquitectura religiosa de madera a la que uno no está acostumbrado y, además, contextualizada en medio de un frondoso bosque.

Ya habíamos dado buena cuenta de esta segunda mañana en Ekaterimburgo y ahora, de vuelta a la ciudad, era hora de dar buena cuenta de la comida, en este caso, self-paid, en un enorme Centro Comercial, cuya distribución resultaba tan liosa que, a la hora de encontrar la puerta de reencuentro con el resto del grupo, tuvimos serias dificultades.

Como si fuesen españoles, tras la comida, los organizadores propusieron unos minutos de descanso sobre el césped de un parque cercano, el mismo que habíamos estado el día anterior y en el que ese día nos encontramos con varias parejas de novios haciéndose fotografías en compañía de sus amigos y, en alguna de esas fotos, de algunos de nosotros. Nos resultó curioso como los amigos y amigas de los novios les rodeaban gritándoles al unísono “Gorka”, grito al que los novios respondían besándose. Por deducción en su día pensábamos que “Gorka” era beso. Sin embargo, navegando en Google, he descubierto que “Gorka” significa agrio y que, según las tradiciones nupciales rusas, cuanto más los griten, más dulce será la vida de la nueva familia.

Pocas horas nos quedaban por estar en Ekaterimburgo antes de subirnos de nuevo al tren. Para cubrir esas horas, los organizadores propusieron dos planes: ir al supermercado para hacer la compra para el tren y de allí, relajadamente, al Hostel; o visitar una zona de suvenires y, con menos tiempo, ir al supermercado. Aunque estuve tentado por la primera opción, finalmente, fiel a mi espíritu “carpe diem”, me decanté por la segunda. Y, ciertamente, aunque no tiendo a arrepentirme de lo que hago, reconozco que luego me arrepentí un poco, ya que nos tocó hacer todo con estrés. El caso es que los supuestos suvenires no eran más que unos cuantos puestos callejeros sin demasiadas cosas interesantes. Puestos a perder el tiempo en este lugar carente de atractivo alguno, un reducido grupo de participantes propuso ir en busca de la Catedral de la Sangre Derramada, uno de los puntos de referencia de Ekaterimburgo que se construyó para conmemorar el lugar donde el último zar de Rusia, Nicolás II, y su familia fueron asesinados por los bolcheviques. No queríamos irnos de esta ciudad sin visitar este lugar de interés y, sin embargo, pese a ir en su búsqueda, nos fuimos sin verlo, ya que, tras una larga pateada desorientada, no lo encontramos y el tiempo se nos había echado encima. Tal fue el agobio que decidimos coger un taxi para volver al Hostel, con la mala fortuna que nuestro taxista se perdió y no encontraba el lugar, lo cual nos restaba tiempo para ir al supermercado y acrecentaba nuestro estrés.

Afortunadamente, sin librarnos de la sensación de agobio, conseguimos hacer todo y llegar al Hostel con antelación a la hora prevista para nuestra partida de camino a la estación de tren. Parecía que iba a abandonar esta curiosa ciudad industrial con un mal sabor de boca propiciado  por el agobio de la tarde y el peso perturbador de todo mi equipaje. Sin embargo, me despedí de la ciudad con el sabor de un dulce beso en el andén de la estación.

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